Entonces, el aire comenzó a correr el boulevard, pero era tan fuerte, que desde los edificios más altos se podían ver los sombreros volar, se podían ver las sombrillas volar, y si uno miraba hacia abajo, la gente tomaba sus chaquetas y trataban de correr tras sus sombreros, esconderse dentro de algún café, y dejar que el calor llegara a ellos.
Contra el viento no se podía ir, y si uno seguía el viento lo más probable es que cayera debido a que cada vez era más fuerte, el viento se dirigía hacia el norte, más hacia el norte no se podía ir. Por ahí había estado cerrado, hace tanto tiempo que nadie recordaba como era, y hasta los más viejos no recordaban bien lo que había sucedido.
Entre los edificios más había una casa pequeña, muy pequeña, tenía solo dos cuartos, y la luz casi nunca llegaba ahí, los altos árboles que interrumpían la llegada de la luz hasta las ventanas de esa casa, habían mutado y ahora eran largos edificios, con largos detalles y largos y desteñidos colores.
La casa no tenía electricidad no porque el viento cortó toda la existente, si no porque ahí no existía nada, solo el tiempo y la luz inexistente, adentro de esa casa vivía un hombre.
De entre los edificios llegó el viento, el viento tan fuerte que la casa tembló, y la oscuridad de la casa se salía de las ventanas, como cuando al atardecer la oscuridad se sale de su escondite bañando el cielo.
Él corrió a cerrar las ventanas, su oscuridad preciada y acogedora se salía de las ventanas, pero el viento era tan fuerte, que la casa temblaba y de cada espacio salía la oscuridad, deslizándose lentamente, se salía por la madera, por la chimenea. Salió de su casa, buscándola, pero era tarde ya, se había desvanecido llegó tan alto que había tocado el sol, al volver a su casa vio por primera vez en muchos años, el piso y las paredes, tomó un cuchillo de la cocina y trató de raspar de las paredes un poco de su oscuridad para guardarla en un tazón, y sembrarla de nuevo para que creciera tomara su casa de nuevo.
No había oscuridad en ningún lugar, no había calor en ningún lugar.
Salió por fin de su casa, sin arreglar su barba si arreglar su cama ni apagar la chimenea, ya era clara y roja, no era negra como le gustaba su calor, andaba toda su ropa, toda la que alguna vez tuvo, usaba sus botas de cuero, eran zapatos livianos, y parecían medias, por eso andaba tres ya que era los únicos que tenía, usaba las muchas pieles de los animales que alguna vez cazó cuando el bosque era de árboles no de edificios, él era un hombre grande y fornido de cejas profundas y barba que era el bosque que alguna vez el mundo perdió, usaba su gorra y sus guantes, tomó también su largo bolso de cuero, y salió de esa casa para nunca volver, cruzó el bosque que nunca había cruzado, y llegó al boulevard por fin, parecía extraño para la gente, y era extraño para él ver gente con traje y grandes chaquetas, huyendo del frío, huyendo del viento.
Miró hacia atrás y siguió el viento.
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