Él, el hombre jamás visto, pero el que jamás dejó de crecer. Bajaba sin duras penas la alta montaña, y se despedía una vez más sin dolor ni tristeza de su montaña, de su montaña de colores.
Caminaba hasta las casas pequeñas donde el susurro de la noche ya alcanzaba las voces del sueño. Un aire adormilante baila por el cielo, y con cada paso, el gigante del tiempo y los sueños se acercaba a las puertas de las casas. No es invitado pero tampoco es rechazado, y no es que él lo sepa todo, solo conoce los recuerdos, conoce la magia, las tristezas y las penas, unos trenes y algunos juguetes, eso es lo que él conoce, y de eso se alimentan los sueños.
El hombre que jamás dejó de crecer, anda por las calles, de la pequeña ciudad, en cada casa reparte los sueños, reparte las pesadillas dependiendo de lo que cada quien recuerde, de cada cual sea su terror, de cada cual sea su noche, o su mal día.
Y se andaba con un paso alegre y con un pequeño brinco al andar soltando los sueños en cada cama, o escritorio, o silla, o tal vez suelo.
Y no hay casa, no hay persona que no conozca, en aquel lugar.
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Pero esa noche, las estrellas mostraban una ligera alegría, y se mostraban ansiosas, sabían lo que pasaría, pero no se atrevían a comentarlo con nadie, la noche estaba nerviosa. La casa que había estado deshabitada desde hace unos años, hoy tenía una invitada especial, y las casas también sueñan pero esa, esa es otra historia. Al llegar, el hombre que no dejó de crecer se asomó a la ventana de la habitación, y miró dormir a la mujer más hermosa que jamás había visto, su cabello era azul, y él jamás había visto un cabello azul tan hermoso, porque jamás había visto uno así, andaba un hermoso vestido blanco, que le llegaba no más arriba de las rodillas, parecía estar cansada y triste, aún tenía los zapatos puestos, y su gato la acompañaba a la hora de dormir, allí adentro el piso de madera había sido reparado, había una mesita de madera justo a la par de la cama, tenía un pequeño mantel de flores, una lámpara aún encendida y unas cuantas fotos en marcos, del otro lado de la habitación, habían unas flores altas, con hojas de colores especiales, había una alfombra roja en el medio del cuarto, un pequeño escritorio con muchos papeles, muchas pinturas y una máquina de escribir. Parecía muy desordenado para ser una casa nueva y recién habitada, habían algunos vestidos y camisones regados por el piso, y un espejo lleno de fotos, no se veía el reflejo por las fotos, parecían viejas, viejas caras, viejos recuerdos.
Ella dormía sin aún encontrar su sueño, pero él no le podía dar el sueño a alguien que aún no conocía, a alguien a quien no había explorado, así que la dejó sin sueño aquella noche para viajar por su ciudad y sus días.
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Al entrar, todo parecía oscuro, no porque fuera triste, si no porque los árboles eran tan altos que no dejaban pasar la luz, caminó, por entre ellos buscando memorias, pero Ella parecía ilegible, no habían pistas de sueños anteriores, parecía nunca haber soñado. Caminaba, buscando alguna razón de las fotos, como si no fuera importante para ella, no había nada, era solo un bosque, un bosque con un río hermoso, y era aún más hermoso que su pequeña montaña, el hombre que nunca dejó de crecer, no hallaba la forma de salir de ese lugar, se había perdido entre los árboles, y se había perdido en ella, y en sus recuerdos.
Al cabo de unos minutos encontró de nuevo las escaleras para salir de aquel hermoso lugar, al subir, el bosque se tornó azul, como queriendo decir adiós, como queriendo pedir que jamás se fuera aquel hombre que por primera vez entraba en aquel bello lugar.
Cuando salió, no quiso irse de aquel pequeño cuarto en el que apenas cabía, y sabía que ella no lo veía, pero él la veía a ella, y el tiempo no pasaba ahí adentro, o si pero para el la noche era eterna.
Al entrar, todo parecía oscuro, no porque fuera triste, si no porque los árboles eran tan altos que no dejaban pasar la luz, caminó, por entre ellos buscando memorias, pero Ella parecía ilegible, no habían pistas de sueños anteriores, parecía nunca haber soñado. Caminaba, buscando alguna razón de las fotos, como si no fuera importante para ella, no había nada, era solo un bosque, un bosque con un río hermoso, y era aún más hermoso que su pequeña montaña, el hombre que nunca dejó de crecer, no hallaba la forma de salir de ese lugar, se había perdido entre los árboles, y se había perdido en ella, y en sus recuerdos.
Al cabo de unos minutos encontró de nuevo las escaleras para salir de aquel hermoso lugar, al subir, el bosque se tornó azul, como queriendo decir adiós, como queriendo pedir que jamás se fuera aquel hombre que por primera vez entraba en aquel bello lugar.
Cuando salió, no quiso irse de aquel pequeño cuarto en el que apenas cabía, y sabía que ella no lo veía, pero él la veía a ella, y el tiempo no pasaba ahí adentro, o si pero para el la noche era eterna.
Ella empezó a moverse, delicadamente estiró su brazo derecho y bostezó, y le mostró su hermosa voz a aquel hombre, y él sabía que significaba, sabía que debía irse, pero no quería, sabía que sería visto, así que se fue por donde había entrado y partió a su montaña de colores.
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Al llegar a su cabaña, parecía estar triste, parecía estar encantado de lo que había visto, por aquel día no dejó de rogar que la noche volviera rápido. Hizo sus actividades diarias pensando en lo que podría esconderse en aquel bosque, cuando se acercó al pequeño lago a pescar recordó el hermoso río que se escondía dentro de ella, cuando caminó por el bosque buscando bayas para recolectar frutillas, pensó en cual sería el sabor, cuanta magia tendrían esas frutillas, pensó en la deliciosa jalea que podría hacer con ellas, caminaba por el camino que él mismo había formado, y pensaba en si podría hacer escaleras y un lindo sendero por ese hermoso bosque azul.
Cuando volvió por fin a casa, se dedicó a hacer jalea, y a cocinar pescado con salsa de tomate y algunas papas con albahaca eran sus favoritas, y era lo que más le gustaba hacer, y pensaba en si tal vez a ella le gustaría ir a su cabaña a comer pescado con tomates, o en si las sillas le serían demasiado grandes, y si los pescados serían mucho para ella, pensó en que debería tallarle una nueva silla para el tamaño de ella, y claro la pintaría de algún color lindo que le gustara. Mientras comía pensaba en cual sería el postre favorito de ella, y en lo que podría enseñarle a hacer, y en lo que ella podría enseñarle a él.
Él no dormía, porque no había quien le diera sueños a él, él era el encargado de los sueños, pero no de los de él, porque no podía hacerlos y no sabía como.
La noche empezaba a bajar de nuevo, tomó su maleta de cuero de nuevo y bajó la montaña, se despidió sin pena y tristeza de su montaña una vez más.
Cuando volvió por fin a casa, se dedicó a hacer jalea, y a cocinar pescado con salsa de tomate y algunas papas con albahaca eran sus favoritas, y era lo que más le gustaba hacer, y pensaba en si tal vez a ella le gustaría ir a su cabaña a comer pescado con tomates, o en si las sillas le serían demasiado grandes, y si los pescados serían mucho para ella, pensó en que debería tallarle una nueva silla para el tamaño de ella, y claro la pintaría de algún color lindo que le gustara. Mientras comía pensaba en cual sería el postre favorito de ella, y en lo que podría enseñarle a hacer, y en lo que ella podría enseñarle a él.
Él no dormía, porque no había quien le diera sueños a él, él era el encargado de los sueños, pero no de los de él, porque no podía hacerlos y no sabía como.
La noche empezaba a bajar de nuevo, tomó su maleta de cuero de nuevo y bajó la montaña, se despidió sin pena y tristeza de su montaña una vez más.
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Repartía los sueños velozmente, pero aún con cuidado, quería dejar para el final a aquella bella mujer, quería quedarse merodeando en aquel bosque una noche más. Al llegar, ella estaba en un camisón de colores con su gato al igual que la noche anterior, pero esta vez tenía medias y no zapatos, el cuarto no parecía más ordenado que la noche anterior, en realidad estaba peor, habían llegado cajas nuevas, y aquel lugar parecía una bodega. Pero ella parecía igual de mágica que ayer, y su cabello aún era azul y hermoso.
Deseaba entrar a aquel lugar, así que lo hizo sin pensarlo. El bosque seguía tan hermoso y azul como el día anterior, pero aquella noche estaba más lleno frondoso, el paso cada vez era más complicado, y para un hombre que jamás dejó de crecer era complicado pasar por los abetos azules, entre más caminaba, cada vez se hacía más espeso, y el paso era más complicado.
Caminó unos kilómetros antes de rendirse, antes de dejar de caminar y llorar, porque el hombre que jamás dejó de crecer no lloraba, se sentó en aquel lugar y se dio cuenta que no podría regresar ni tampoco podría avanzar, y estaba atrapado en el bosque más hermoso del mundo, estaba atrapado dentro de ella una vez más, parecía que ella no lo quería dejar ir.
Un claro se empezó a abrir bajo sus pies, los árboles se empezaban a mover, y a hacer un camino, con el pasto más verde que jamás alguien podría haber visto, unas escaleras hechas con troncos de madera se mostraban ante sus ojos, comenzó a subir y a caminar, el paso se cerraba detrás de él, los árboles parecían querer encerrarlo para siempre. Al caminar, el camino parecía estrecharse, pero por alguna extraña razón no parecía importarle a su enorme tamaño.
Al final del camino vio una cabaña que para su tamaño era diminuta, pero al intentar abrir, calzaba perfectamente a su tamaño.
Caminó unos kilómetros antes de rendirse, antes de dejar de caminar y llorar, porque el hombre que jamás dejó de crecer no lloraba, se sentó en aquel lugar y se dio cuenta que no podría regresar ni tampoco podría avanzar, y estaba atrapado en el bosque más hermoso del mundo, estaba atrapado dentro de ella una vez más, parecía que ella no lo quería dejar ir.
Un claro se empezó a abrir bajo sus pies, los árboles se empezaban a mover, y a hacer un camino, con el pasto más verde que jamás alguien podría haber visto, unas escaleras hechas con troncos de madera se mostraban ante sus ojos, comenzó a subir y a caminar, el paso se cerraba detrás de él, los árboles parecían querer encerrarlo para siempre. Al caminar, el camino parecía estrecharse, pero por alguna extraña razón no parecía importarle a su enorme tamaño.
Al final del camino vio una cabaña que para su tamaño era diminuta, pero al intentar abrir, calzaba perfectamente a su tamaño.
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El lugar donde se encontraba, tenía un olor familiar y agradable, olía a jengibre y canela, parecía más amplio que su cabaña en su montaña de colores, y el aire parecía distinto ahí también, caminó por la pequeña sala con dos sillones de color rojo, una mesita de café en el centro tenía tallados unos alces hermosos, había un gato negro en el sillón durmiendo y tranquilo, caminó unos pasos hacia la izquierda y se topó con una mesa para comer con dos sillas del mismo tamaño unas grandes flores en el medio tenían tulipanes amarillos y rojos, siguió y llegó a un pasillo con un hermoso tapiz, este lo llevó a una cocina amplia con una ventana muy grande que daba al bosque, habían unos lindos platos, tenían dibujos azules en las orillas, parecían delicados, no como los que tenía en su casa, unos lindos cubiertos de plata estaban ordenados en una mesita, una gran cesta con frutas estaba en la misma mesa, grandes girasoles pintados en la pared verde de aquella cocina decoraban el lugar. Volvió al pasillo y halló un pequeño cuarto sin puerta tenía un tapiz aún más hermoso que el del pasillo, una gran ventana daba al río que había visto antes, grandes flores daban la bienvenida, una alfombra roja engalanaba al piso, una cama que parecía ser más cómoda de lo que él jamás había visto, y unos pasos más a la derecha se encontraba el baño con una gran tina blanca que parecía brillante y limpia, no como la que él tenía en su casa, unas flores y algunas candelas para alumbrar durante la noche.
Cuando decidió salir a la sala de nuevo vio junto al gato a la hermosa mujer de cabello azul acostada en el sillón.
Cuando decidió salir a la sala de nuevo vio junto al gato a la hermosa mujer de cabello azul acostada en el sillón.
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Antes de comenzar a contemplarla decidió llevarla a la habitación ya que parecía cansada, o incómoda ya que dormía en el sillón, la tomó en brazos, y aquel olor a jengibre y canela se desprendió del cuerpo de ella, él la miró y sonrió, caminó por el pasillo y la llevó al cuarto la acostó y le puso la cobija tejida de color rojo encima y se sentó en el suelo a verla dormir, mientras la veía algo extraño pasaba.
El hombre que nunca dejó de crecer, había dejado de crecer, y el hombre que no podía dormir, comenzó a dormir.
-Tal vez, ahora soy yo la que te da los sueños a vos.- Susurró ella al oído del hombre de los sueños.
El hombre que nunca dejó de crecer, había dejado de crecer, y el hombre que no podía dormir, comenzó a dormir.
-Tal vez, ahora soy yo la que te da los sueños a vos.- Susurró ella al oído del hombre de los sueños.
las mandolinas suenan bonito. ¿suenan mandolinas mientras se lee el cuento?
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