martes, 5 de junio de 2012

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Ella estaba sentada en una piedra con musgo del lado derecho, en la parte más baja comenzaba a crecer un poco de pasto y junto con el pasto unas pequeñas flores amarillas, delgadas y delicadas, del lado derecho la piedra parecía seca al mirar de cerca se encontraban unas pequeñas grietas que adentro ocultaban pequeños insectos con bigotes de colores, su espalda se apoyaba en un árbol de corcho que tenía gran cantidad de musgo y su corteza era fácil de sacar también era suave para apoyar la cabeza como una pequeña almohada vertical atada al suelo por sus largas y fuertes raíces.
Ella se encontraba mirando sus manos que se apoyaban sobre sus piernas de una forma que sin prestar atención parecían quebradas, pero solo estaban recogidas entre ellas haciendo una maraña de dedos y piel seca en alunas partes, mojada en otras. Miraba hacia abajo, fijamente sin notar si el bosque a su alrededor cambiaba de lugar, sin notar si los árboles seguían cantándole a la luna como la última vez que miró, tal vez aún lo hacían, tal vez ya no. La Soledad la había visitado hace un largo tiempo, y no la esperaba como la última vez, así que se dejó llevar por la brisa y las horas eternas que había pasado sentada en aquella roca y subió la mirada, el musgo había comenzado a subir por sus piernas miró a su alrededor y no encontró nada, no estaba el bosque y no había pasto no habían animales ni pájaros.
Trató de mover el musgo de sus piernas y se levantó, caminó por el espacio blanco en el que se encontraba ahora no parecía avanzar ni retroceder ni moverse del lugar donde su piedra se hallaba, no se encontraba sola porque la soledad no estaba con ella, y no se encontraba con nadie, porque los bichos con bigotes de colores habían emigrado de la piedra, no estaba su bosque solo ella y su vestido azul, se sentó en el espacio en blanco porque su estómago comenzaba a arder, cada vez ardía más y más y el calor comenzaba a subir y a bajar como cuando uno ve a los pájaros volar, su pecho se abría lentamente, en partes.
El agujero llegaba hasta el comienzo de su pelvis, ya el ardor había desaparecido, y parecía como un mueble o una gabeta con puertas de piel, se miró adentro y veía como los sueños se iban desparramando y como su ciudad se iba vaciando, lentamente y sin dolor.

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