sábado, 5 de noviembre de 2011

Los Arribas

La mesa estaba llena de papeles, sucia como la encontró cuando llegó por primera vez, las llaves a un lado puestas con números del 1 al 26, hace algunos años se perdió la llave del cuarto 14, tuvieron que llamar al cerrajero para poder tener una nueva llave. Las paredes verde color institución pública del país, verde agua con un piso con un extraño color que tal vez fue gris, ahora tenía manchas cafés en las esquinas, algunas con olores desagradables, pero que él limpiaba sin importancia todas las mañanas, y las tardes, y las noches, al terminar su turno. Sobre la pared se posaba un reloj de la guerra de las galaxias, la fiebre había sido hace poco, y sobre su escritorio se posaban varios muñecos armables y aviones de juguete, una planta que solía hacer su día más tranquilo y una foto de una mujer que ni él ni nadie conocía. Una mujer de Retrato.
La ventanilla tenía un papel escrito a mano con su letra que citaba, 3 horas 2500 colones, 4 horas 1000 adicional, realmente él no creía en los precios, odiaba tocar el dinero que tocaba la gente que entraba a ese lugar, los turnos de la noche eran los peores, llegaba gente al que él detestaba ver, llegaban personas que no tenían rostro, y personas que no merecían un rostro.
Su mujer de Retrato lo mantenía tranquilo, por alguna razón verla y verla sentada en su sillón blanco sonriendo a alguien, a él tal vez, no hacía sentir mejor.

Llevaba por lo menos 3 años de trabajar en ese hotel para un hombre gordo y sin alma, al que una vez se le asomó tal vez un hada o un duende que le abrió el corazón tal vez a golpes pero lo abrió, después de tres años y 17 asaltos y 4 balazos, el dueño del hotel decidió darle un Arriba por sus años de servicio a cambio de gran parte de su salario. Él vivía en un pequeño apartamento que compartía con 3 gatos donde solo cabía su cama y una refrigeradora, tenía que calentar su comida en el microondas del hotel, no era de importancia tenía su vida en ese hotel.

Los Arribas, así le llamaba él a los pisos más arriba del segundo y primer piso de los edificios, donde ya no se ve nada, donde las ventanas no cuentan porque no hay otro lado por el cual ver, donde solo el que está dentro ve, y solo el que está adentro sabe que hay, porque son lugares invisibles. Después de las bodegas, después de los cuartos llenos de suciedad, después de ls tiendas, después de las gradas y los pisos infinitos, están Los Arribas. Abandonados, Los Arribas.

Toda la vida le tuvo miedo a Los Arribas, toda la vida odió las alturas y los ascensores, pues claro eran su mayor terror, desde que vio por la tele como uno mujer parecía como dejar su dedo olvidado en un ascensor, lo dejó atorado en la puerta y este se desprendió delicadamente de su cuerpo. Después de 3 años de servicio viviría ahí.

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